sábado, 21 de marzo de 2015

"LOS MATE A TODOS...". ROBERT DURST, EL ASESINO EN SERIE MULTIMILLONARIO


Se acaba de emitir el último episodio en Estados Unidos de The Jinx: the life and deaths of Robert Durst, la serie documental de HBO que desgrana la increíble historia de un millonario acusado de asesinato. La obra de Andrew Jarecki, Marc Smerling y Zachary Stuart-Pontier ha conseguido lo que no había logrado hasta ahora la policía: desentrañar la verdad del caso.   

“Los maté a todos, por supuesto”. Con estas palabras, pronunciadas por el multimillonario Robert Durst y grabadas por un micrófono que llevaba puesto en su solapa y de cuya existencia se olvidó durante una visita al cuarto de baño, termina el relato documental de HBO, The jinx: the life and deaths of Robert Durst. El acaudalado agente inmobiliario se declara culpable sin saber que está siendo escuchado. ¿Culpable de qué? Esta es su historia.

Cuando Robert tenía siete años su padre le acercó a una ventana del pasillo de su casa desde la que vio a su madre de pie sobre el tejado de la vivienda. Según cuenta él, azuzado por su padre, la saludó con la mano, pero no tiene claro si ella le vio o no. Segundos después, el cuerpo de Bernice Durst yacía sobre el césped de la casa.

Esa fue la última vez que Robert saludó a su madre, su último adiós literal y figurado. Y a partir de ahí su vida quedó marcada de esa manera en la que quedan marcadas las vidas de tantos psicópatas y asesinos en serie que en su infancia sufrieron abusos sexuales o contemplaron el asesinato, el suicidio, el maltrato de algunos de los miembros de su entorno.

Una realidad que por contada tantas veces desde la ficción suena a cliché. Una explicación de lo injustificable, necesaria e insuficiente al mismo tiempo. Y en este caso, además, mentira. Según Douglas Durst, hermano de Robert, su padre nunca acercó al protagonista de esta historia a la ventana, sino que se trataba de un burdo intento de su hermano por justificarse. De nuevo, una explicación de lo injustificable, necesaria e insuficiente al mismo tiempo.

Treinta y dos años después del trágico episodio que, aderezado o no, sin duda marcó la vida de toda la familia Durst, Robert ya había formado la suya propia tras casarse con Kathie, que de nuevo fue marcada por la tragedia. “Si algo me pasa, lo sabrás. Tengo miedo de que me haga algo”. Estas fueron las palabras de Kathie a Gilberte Najamy, una amiga suya, la última persona que la ha visto. Ambas se encontraban en una fiesta en casa de Najamy. Kathie se estaba marchando después de que su esposo la hubiese llamado por teléfono muy alterado.

Era habitual que discutieran. Ella había comentado en su entorno más cercano que él la había agredido verbal y físicamente en más de una ocasión. Aquella llamada de teléfono fue la última vez. Nunca más se la volvió a ver. Robert tardó cinco días en avisar a la policía de la desaparición de su esposa, de la cual, por razones obvias, fue sospechoso desde el primer momento.

El cuerpo de Kathie nunca se encontró. Y sin cuerpo no hay delito. Es algo que no sólo la policía, la judicatura y ciertos criminales conocen, sino también cualquier seguidor de procedimentales televisivos.

Dieciocho años llevaba el caso de la desaparición de Kathie Durst entre paréntesis cuando la fiscal del distrito de Westchester, Jeanine Pirro, decidió reabrirlo por la aparición de ciertos indicios de la muerta de Kathie, que nunca llegaron a confirmarse. Pero un nuevo giro de los acontecimientos hizo que el caso recobrara su fuerza: el cuerpo de Susan Berman, amiga de Robert y Kathie, yacía sin vida en su casa de Beverly Hills. O más bien en "BeverlEy Hills", nombre resultante de una falta de ortografía que llamaba la atención de la nota manuscrita que llegó a la comisaría de policía de Westchster alertando de la muerte de Susan y cuya autoría -muy probablemente la misma que la del crimen– nunca fue identificada.

Un disparo en la nuca había acabado con la vida Susan. La investigación concluyó que lo más probable es que su asesino fuera alguien de su entorno, ya que no había signos de forcejeo, ni en la entrada ni en el interior de la casa y la propia postura de la asesinada (de espaldas a su asesino) indica que no temía por su vida.

¿Qué hizo que se estableciera una vinculación entre su asesinato y la desaparición de Kathie Durst ocurrida dieciocho años atrás, además de la suposición de que conocía a su asesino? Por aquella época Susan en enfrentaba a problemas de liquidez y, después de pedir dinero a varios de sus conocidos, decidió recurrir a Robert, al que envió una carta en agosto del año 2000 pidiéndole siete mil dólares.

Robert no contestó a esa carta hasta noviembre, cuando la reapertura del caso de la desaparición de Katy estaba en el aire ¿y qué hizo? Enviar un cheque de 25000 dólares a Susan con una nota: "No es un préstamo, es un regalo".

De nuevo un callejón sin salida: en esta ocasión había cuerpo e indicios, una carta manuscrita muy probablemente de puño y letra del asesino e incluso un móvil. Se cree que Robert podía sospechar que Susan hablara con la fiscal del distrito Pirro y para evitarlo intentó primero sobornarla, pero después decidió asegurar el silencio de su amiga matándola. Sin embargo no había pruebas.

No hubo que esperar mucho, no obstante, a un nuevo devenir de los acontecimientos que parece diseñado como clímax de una película: tuvo lugar en septiembre de 2001. James, un adolescente de 13 años, pescaba junto a su padre, que ayudaba a su hermana de ocho años a colocar su anzuelo en el sedal, en la costa de la parte texana del golfo de México correspondiente a la ciudad de Galveston, cuando lo que vio le hizo girarse hacia su padre y gritar: un torso humano desmembrado, flotando en el mar. Sin cabeza, sin brazos, sin piernas.

La cabeza nunca apareció, pero gracias a las huellas dactilares la policía concluyó que el cadáver (más bien lo que quedaba de él) había pertenecido a Morris Black. Un registro en su casa determinó que el asesinato había tenido lugar allí y que su vecina, Dorothy Ciner, una señora de mediana edad, también parecía implicada en el caso ya que en su vivienda también se encontraron manchas de sangre de Morris.

Hasta aquí, ninguna vinculación con Robert Durst. O más bien ninguna aparente, ya que el rastreo de recibos encontrados en la basura de la vivienda ayudaron a determinar que en realidad Dorothy Ciner era Robert Durst. Una peluca y un nombre de mujer que tomó prestado de una de sus compañeras de instituto le bastaron para crearse una falsa identidad.
Era Dorothy Ciner delante de su casero, al cual vio unas cuatro o cinco veces en el tiempo que vivió en Galveston, y también era Dorothy Ciner para su vecino, Morris Black, que veía como la señora de mediana edad a veces recibía en su casa a un tal Robert Durst. Sin embargo, como es obvio, nunca los vio juntos en este cruce de Tootsie con Zodiac.

Robert fue arrestado poco tiempo después por el asesinato de su vecino, a la espera del juicio que determinara su culpabilidad. En Texas sólo aquellos que cometen asesinato al mismo tiempo que otro delito o aquellos que asesinan a un policía o a un federal permanecen en prisión sin fianza. No era, pues, el caso de Robert, que tras pagar 300.000 dólares tenía como única restricción firmar en el juzgado una vez al mes.

Pero nunca volvió. Siete semanas estuvo a la fuga hasta que le capturaron por robar un sándwich en un supermercado. Llevaba 38.000 dólares en el coche, así que enseguida se especuló con que Robert Durst quería ser atrapado en un alarde de fanfarronería: ni siquiera dejándome coger podrán hacerlo de verdad.

Y así fue: la justicia ha sido incapaz de probar la culpabilidad del magnate en estas muertes. Un cold case de manual que en la era de Serial, el podcast que investigó otro crimen que tuvo lugar hace más de una década en Estados Unidos y que mantuvo en vilo a su audiencia hace unos meses, pedía a gritos ser abierto.

En el rompecabezas faltaba una pieza, algo que incriminara definitivamente a Robert, algo que sólo ha salido a la luz gracias a la brillante y exhaustiva investigación que han hecho durante más de diez años Andrew Jarecki, el director de Capturing the Friedmans, el escalofriante documental que estuvo nominado al Oscar en 2003, Marc Smerling, que colaboró como fotógrafo durante el rodaje del citado documental y Zachary Stuart-Pontier. 

Esa pieza clave llega a sus manos en forma de carta, la que el hijastro de Susan Berman encuentra entre sus pertenecias, un sobre manuscrito en el que figura una dirección que da la clave: "BeverlEy Hills" y una caligrafía y falta de ortografía que nos resulta familiar: nos lleva inmediatamente a la carta que llegó a la comisaría de Westchester avisando del asesinato de Susan Berman. ¿El remitente? Robert Durst.

Se cree que este es uno de los indicios que ha hecho que se detuviese el pasado domingo en un hotel de Nueva Orleans al protagonista del documental que en España emite Canal +, a ese anciano, que con una aparente indefensión física ajena a su presunta culpabilidad y paradójicamente unida a una frialdad casi burocrática, nos ha mirado a los ojos para contarnos cómo ha escapado de la detención definitiva todos estos años.

Por si quedaban dudas, horas después de su arresto, se emitió en Estados Unidos la última entrega del documental que termina tal y como ha comenzado esta historia, con el aparente error de su protagonista: "Los maté a todos, por supuesto". La policía de Los Ángeles ha declarado que la detención del multimillonario no tiene nada que ver con la emisión del documental, si bien, sus creadores han puesto de manifiesto que llevan dos años en contacto con la policía. Si resulta condenado, Durst se enfrentará casi con total seguridad a la pena de muerte. 

Aparente error, porque cabe especular con la posibilidad de que un tipo como Robert Durst, que pedía a gritos que lo detuvieran para demostrar que por mucho que se le acercara la policía, él siempre iba un paso por delante, esté jugando su última carta, llevando su fanfarronería hasta sus últimas consecuencias, pues se trata de una detención cautelar y la grabación del audio podría no ser considerada válida en un juicio, ya que fue obtenida sin que la persona que es grabada fuera consciente de que lo estaba siendo. Desestimar que las cartas tienen la misma autoría parece una tarea más complicada. Sin embargo, lo difícil será vincular con pruebas que la autoría de la primera, la que avisaba de la existencia del cadáver de Susan, es de su asesino. No obstante, que la justicia actúe o pueda actuar es el epílogo a esta historia. El espectador ya sabe la verdad, menos importan sus consecuencias.


Poner en pie este caso ha sido obra de varias decenas de agentes de policía, de la justicia, encarnada entre otros en la peculiar fiscal Pirro, que bien podría aparecer en cualquier episodio de The good wife, de los amigos y familiares de algunos de los implicados y de un buen puñado de desconocidos que colaboraron con todos ellos. Responder a su última –en todas las acepciones del adjetivo– pregunta, ha sido obra de la televisión, que en este caso no refleja otra cosa que la poderosa necesidad de contar una historia.

PALOMA RANDO
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