domingo, 4 de marzo de 2007

- J. A. Garcia Andrade, vicepresidente 1º del Centro de Investigación y Análisis de la Criminalidad

Entrevista
Por las manos de este forense han pasado los más ilustres cadáveres, desde el de Tyrone Power a los de los marqueses de Urquijo. Estos días, su autopsia a Augusto Fonseca, el guineano fallecido en una comisaría de Lanzarote, le ha convertido de pronto en un personaje de actualidad. Algo muy ajeno a su profesión, siempre en los misterios de la vida y la muerte, como demuestra en esta entrevista. La muerte de Fonseca, objeto de una fuerte polémica entre abogados, policías, familiares y forenses, no ofrece dudas para García Andrade, el forense que realizó la segunda autopsia al cadáver, solicitada por la hermana de la víctima: se produjo por un golpe seco en el cuello.Mientras, una tercera forense, casualmente alumna del propio Andrade, asegura tras el estudio de las dos autopsias, que "nunca se sabrá de que murió porque ambas pruebas son incompletas".

¿Qué decía Robayna, autor de la primera autopsia, en sus conclusiones?
Que posiblemente su muerte se debía a un accidente y al consumo inmoderado de drogas.

Usted, en la autopsia que le realizó al cadáver no halló restos de drogas.
Así es. Al menos en los últimos diez días, aquel hombre no había consumido ningún tipo de droga.

¿Y por qué se hizo ese dictamen?
Porque Robayna pensaba que habría restos de drogas. Entregó el informe sin esperar el resultado de los análisis. Yo no emití el mío hasta tener el resultado de Toxicología de Tenerife. Los resultados negaron absolutamente toda posibilidad de drogas.

¿En qué otras cosas su autopsia contradice la primera?
La primera autopsia es incompleta. El primer forense sólo estudió el cuerpo desde el esternón hasta el pubis. Se olvidó del cuello, que es una de las partes más importantes en la autopsia forense.

¿Y qué vio usted en el cuello?
Pues encontré algo que tiene una relevancia extraordinaria. En el cuello había un traumatismo importante.

¿Entonces, ¿cuál es su diagnóstico?
Yo no encuentro causa de muerte natural: tenía el corazón sano de un deportista, el organismo de un hombre joven y fuerte, sin patologías de ninguna clase. En este caso hay muchas cosas que no se han querido entender. El cadáver tenía golpes en la cara, en la cabeza, en el hombro...

Hay quien dice que alguno de esos golpes pudo producirse en el traslado, después de muerto.
Eso es imposible porque los muertos no tienen reacciones vitales, el cuerpo ya no tiene circulación. Un golpe después de muerto no produce hematomas y ese hombre los tenía bien claros.

Cuando usted habla del golpe en el cuello, la policía dice que se dio con el retrovisor del coche.
No es posible. Yo certifico que el golpe se produce con un objeto contundente y romo, por fuera no había lesión ni corte alguno.

¿Cuál es su probable versión de los hechos?
Yo creo que la policía vio salir a un hombre negro, fuerte, inmenso, de la casa de su hermana, por la noche, y, por la razón que fuese, levantó sus sospechas; le debieron de ir a detener y él se asustó y se echó a correr. La policía debió de intentar reducirlo, pero muchas veces sólo se puede reducir a un hombre violentamente, eso está aceptado por todos; le dieron varios golpes y es posible que se les fuese uno de ellos, allí mismo o después, en la comisaría. Luego le intentaron reanimar, pero en vano.

María José Melián, la tercera forense que estudió las dos autopsias realizadas, asegura que la suya también es incompleta y que nunca sabremos de qué murió Fonseca.
Sí, además se trata de una alumna mía, y lo dice porque no ha mandado analizar el corazón entero, sólo un trozo. Pero si yo veo un corazón sano de deportista y observo que al corte, el miocardio está sano, las válvulas están sanas y las coronarias están abiertas y son permeables, mando sólo un trozo de corazón. Son ya 40 años haciendo autopsias y sé lo que es un corazón son y lo que puedo descartar.

Antes hablaba de estrés. ¿El miedo y el estrés antes de la muerte dejan huellas tangibles?
Sí, claro, es que la gente no cree en el espíritu. Pero el miedo y la angustia pueden matar. Y aquel hombre tuvo mucho miedo y mucho estrés antes de morir. Su estómago estaba lleno de microhemorragias, de microúlceras, y esa reacción vital es típica del estrés, de la angustia. El miedo que debió pasar este hombre fue terrible, porque en otra de las pruebas que pedí al laboratorio de Tenerife se confirma que padeció una esteatosis, que son unas alteraciones celulares del hígado consecuencia del estrés que padeció. Franco, por ejemplo, murió de un estómago de estrés.

Pero Franco murió después de varias operaciones ¿no?
Sí, pero le operaron porque tenía unas hemorragias gástricas muy fuertes y le operaron mal, de forma incompleta, porque le quitaron en una primera operación sólo una parte del estómago cuando se lo tenían que haber quitado entero porque no era una parte la que sangraba, sngraba todo el estómago. Entonces, Franco sigue sangrando y le vuelven a operar. Ya por aquel entonces tenía un estómago de estrés.

No me diga que usted participó en la autopsia de Franco.
No, pero todos los forenses leímos aquellos informes.

No ha habido medidas cautelares contra los policía. ¿Piensa usted que se tiende a defender a la policía por encima de todo?
El fiscal está actuando más como defensor de la policía que como fiscal del caso; incluso conmigo fue más incisivo que el propio abogado de la defensa. ¿Es que el Ministerio del Interior no tiene ganas de líos y le está diciendo al fiscal que se esté quieto? No sé. Pero es que en este caso ha tenido lugar algo inconcebible: se ha hecho la investigación corporativa antes de la investigación judicial. El inspector del cuerpo tiene que ir siempre después del juez.

¿Le han reprochado que su informe no vaya acompañado de un estudio fotográfico?
Ésta es otra cosa muy curiosa. En esta ocasión, como en tantas otras, tres agentes de policía subieron a ver cómo practicaba la autopsia y les pedí, como hago habitualmente, que fuesen tomando fotografías de distintas partes del cuerpo mientras yo lo estudiaba, a la vez que les iba explicando lo que estaba viendo. Pues bien, ellos enfocaban al principio con la máquina de fotos la parte del cuerpo que yo les indicaba, pero, en el momento de disparar, la cámara se les debía de ir para arriba y para abajo, porque en veintitantas fotos que hicieron, sólo se ve el suelo, la pared y el techo, salvo en dos de ellas que el cuerpo aparece absolutamente desenfocado.

¿Ha sentido algún tipo de presión política, policial o judicial?
No. Ésa es la colaboración policial que yo he tenido en este caso pero presión ninguna; ni ahora ni nunca, no sé si es porque sabían que yo nunca me he dejado presionar.

¿Qué habría cambiado si la víctima hubiese sido de raza blanca?
Pues muchas cosas, con un blanco el caso no se hubiera enconado tanto. Date cuenta que, a Lanzarote, que es una isla pequeña, llegan todos los días pateras cargadas de inmigrantes. El número de negros es importante allí y el racismo existe y ha existido siempre en nuestro país. A mí me inquietó mucho oír a un negro gritarnos a la salida del juzgado: "¡Asesinos!¡Canallas! Lo que tenemos que hacer es matar a todos los españoles que viven en Guinea, para que aprendan".

¿Ser forense a instancia de parte y cobrar su informe a la hermana de la víctima le resta alguna credibilidad a su trabajo?
Yo creo que lo que de verdad podría levantar sospechas es que yo no cobrase mi trabajo, eso sería lo verdaderamente preocupante. Pero quiero que quede muy clara una cosa: yo cobro mis informes, no los vendo.

¿Cuánto cobró por esa autopsia?
Si te digo lo poco que he cobrado ni te lo crees. Esta gente es muy pobre y aún así tuvieron que hacer una colecta entre mucha gente negra para pagarme y lo hicieron en billetes de mil pesetas. Ése fue mi beneficio. Ni siquiera he cobrado algunos billetes de avión a Tenerife...¡Pero si esa gente no tiene dinero! Yo no soy nada pesetero y menos con personas así.

¿Existe el crimen perfecto desde el punto de vista de un forense?
Sí, claro que existe. Es lo que nosotros llamamos muerte blanca. Pero desde luego el caso no es así, hay indicios más que suficientes para asegurar que murió a causa del golpe y no debemos imputarlo a otra cosa.

¿Cómo es una muerte blanca?
La más típica y la más dramática es la de los niños lactantes, esos a los que un día, de pronto, la familia se los encuentra en la cuna muertos.

¿La llamada muerte súbita?
Sí, y los forenses, al hacerles la autopsia, todavía no hemos encontrado la causa por la cual se produce. La familia muchas veces se culpabiliza, pero es una muerte vengativa inexplicable. A veces, pienso que puede ser por inmadurez del cerebro, que es nuestro director de orquesta, que no ha terminado todavía de controlar bien la respiración, la circulación...

Usted es también psiquiatra. ¿De qué se fía más, de lo que cuentan los vivos o de lo que cuentan los muertos?
Sin duda de lo que me cuentan los muertos. Siempre.

¿Y qué es lo más íntimo que le ha contado un muerto?
Su sexualidad, esa sexualidad que a veces tenemos reprimida, que no queremos que se sepa: lesiones anales, huellas de determinadas prácticas... que, si se supieran, seguro que más de uno no las creería. Ese tipo de cosas no las pones en el informe cuando no son necesarias para certificar las causas de la muerte.

¿Sería capaz de hacer una biografía mucho más exacta a partir de un cadáver, que la que de ella se pudiera conocer normalmente?
No sé si tan extensa, pero en algunos casos seguro que más real.

Un ejemplo. ¿Cómo se imagina usted que era Fonseca en vida?
Debía de ser un hombre peleón, bien dotado de musculatura, deportista; drogadicto, no. No tenía en su organismo ninguna alteración típica del consumo de drogas; vivía de la compraventa de ropa. Su hermana me dijo cuando hablé con ella, que ella era dentista. A mí la víctima me pareció gente normal. En su cara y en la expresión se podían ver claramente muchas cosas.

¿Y qué vio en su cara?
Miedo, angustia y terror. Pero yo recuerdo que la cara de Bin Crosby, que murió de un infarto de miocardio jugando al golf, era de extrema felicidad, de una satisfacción extraordinaria. A mí no se me olvidará nunca aquella expresión. Era como si hubiese conseguido hacer el mejor hoyo de su vida.

Por lo que se conoce a través de las Escrituras, ¿se atrevería usted a certificar cómo ocurrió clínicamente la muerte de Cristo?
Sí, y fíjate que el primer elemento que veo es el estrés, el sufrimiento del que hablábamos antes. Qué estrés y fatiga no tendría que, cuando estaba en el huerto sudaba sangre. En la partología médica está descrito el sudor sanguinolento. La muerte de Cristo fue muy dolorosa; lo desnudaron para dejarlo más indefenso aún -de esas prácticas sabe mucho la KGB-; el camino con la cruz a cuestas le debió producir una fatiga enorme; después le clavaron en la cruz pero no le pusieron los clavos en la palme de la mano, como muchos creen sino en las muñecas para que el peso no le desgarrase la mano y cayera poco a poco.

Pero también le colocaron una especie de reposapiés, ¿no?
Sí, eso lo hicieron para que la muerte fuese más lenta al tener cierto apoyo; de lo contrario habría durado muy poco. Pero, después, un soldado romano le dio un golpe en las piernas para que fuese cayendo lentamente su cuerpo. Luego, le clavan la lanza en el pecho, sangra, pero su sangre es muy líquida; eso es porque ya se le ha producido un edema pulmonar como consecuencia de esa situación preagónica. La muerte de Cristo fue muy cruel.

¿Cree usted que todos los asesinos tienen un grado de locura?
Unos sí y otros no. Pero todos nosotros tenemos una maldad y una violenta interna que sublimar. Todos somos asesinos en potencia.

¿Y cómo cree que es la psicología de un terrorista?
Hay tres tipos de terrorista: el fanático, que es capaz de lo que sea con tal de hacer prevalecer su idea, que es irrebatible a todo argumento lógico y normal; el inmaduro emocional, que es la mayoría y por eso los manejan tan bien sus líderes; y luego está el matón a sueldo. Quizá el que más disculpa tenga sea el fanático porque tiene esa idea sobrevalorada.

Usted ha sido durante más de 20 años director de un psiquiátrico penitenciario. ¿Hay muchos delincuentes con trastornos mentales?
Sí, y no tendrían que estar en las cárceles sino en centros donde se les pudiera tratar. Una de las más terribles barbaridades que hizo Instituciones Penitenciarias fue la de cerrar, por falta de medios, los psiquiátricos penitenciarios. Hemos dado un salto atrás enorme. Para mí un esquizofrénico, ese chico que ha matado a su madre o a su padre no tiene que estar en la cárcel, tiene que estar en un sitio donde se le trate su enfermedad. Aunque no tenga cura, hay que tratarle como a un enfermo.

¿Es partidario de subir la edad penal, tal y como está previsto en la nueva Ley del Menor?
Sí, y luché hace años por ello; por lo menos, hasta a los 18.

Parece que el Gobierno quiere hacer excepciones en la edad para los casos de terrorismo. José María Aznar ha dicho que un terrorista es igual de terrorista con 16 que con 20.
No, eso no es así. Un muchacho de 16 años es un inmaduro aún en el caso de terrorismo. A esa edad se suele estar condicionado por el padre, un abuelo, el medio... Es muy fácil manipular a un chico de 16 años. Distinto es que se tomen otras medidas contra él hasta que madure.

¿A qué cree que obedece el aumento de la violencia que estamos padeciendo en la actualidad?
Yo no creo que ahora seamos más violentos que antes, lo que ocurre es que ha aumentado mucho la población. Tenemos la misma violencia que teníamos hace 50 años, lo que pasa es que no nos acordamos. Antes jugábamos a tirarnos pedradas unos contra otros, éramos quizá más salvajes que ahora. Yo no creo que la juventud de hoy sea más violenta; al contrario, creo que los jóvenes son menos violentos. Lo que sí es cierto es que ahora se divulga y se denuncia todo mucho más.

En su opinión, ¿qué es lo más bonito de su profesión?
Aunque parezca un contrasentido, la propia vida. Soy un enamorado de la vida y me doy cuenta de lo frágil que es; de cómo un centímetro más o un segundo después puede ser definitivo. Hay que ser un enamorado de ella para dedicarte a esto.