miércoles, 24 de septiembre de 2014

·"YO NO SOY BRUJA": CAMPAÑA INTERNACIONAL CONTRA LA VIOLENCIA EN AFRICA A CAUSA DE LA SUPERSTICION

 
"Yo no soy bruja". La afirmación podría parecer sacada de un libro de la Edad Media, pero es real y pertenece a Georgette, una niña de Togo, a la que su madrastra obligó a meter sus manos en agua hirviendo para comprobar si era bruja. "Si no pasaba nada es que era bruja, pero pasó y mis manos están marcadas de por vida", se lamenta la joven.

Como ella, cientos de niños son acusados de brujería en el África subsahariana, una cifra que, lejos de disminuir, va en aumento. Tan sólo en 2013, en la región de Kara, situada en el país africano de Togo, casi 1.000 niños y niñas fueron acusados de brujería.

De hecho, con la llegada del ébola muchos menores están siendo señalados como brujos porque sus padres han muerto a causa del virus, que es percibido en algunas zonas como una maldición y no como una enfermedad.

Ante esta situación, los misioneros salesianos han elaborado un informe realizado por Patricia Rodríguez, directora de proyectos, y han lanzado la campaña 'Yo no soy bruja' para concienciar a la sociedad, a los gobiernos y a la comunidad internacional sobre este problema y para que los agresores no queden impunes.

De los ancianos a los niños
Aunque en un principio se solía tildar de hechiceros a los ancianos, las denuncias se fueron extendiendo con el tiempo a las mujeres y, en los últimos años, a los niños, el eslabón más vulnerable de la sociedad: huérfanos que viven con otros familiares y suponen una carga; hijos de padres viudos que se vuelven a casar o niños enfermos o con alguna discapacidad.

"La cultura de la brujería está muy arraigada porque son muy espiritualistas. La pobreza genera enfermedad y la enfermedad genera muerte. A más pobreza, más enfermedades y más muertes y más búsqueda de culpables. Si pasa algo malo en la familia, culpan al niño que no es normal, al diferente. En ocasiones, son los más inteligentes, los primeros de la escuela, pero la gente piensa: 'este niño progresa y los míos, no' y, entonces le culpan a él", asegura José Luis de la Fuente, misionero salesiano y director del hogar Don Bosco en la región de Kara.

En África existen creencias ancestrales en las que la magia y la brujería tienen un papel relevante. Según estas convicciones, hay un mundo visible en el que vivimos y otro invisible en el que habitan los espíritus con los que los brujos y chamanes pueden interactuar. Estas tradiciones no se circunscriben sólo a la clase más pobre o analfabeta, sino que son generales para toda la población, con independencia de su nivel económico o social.

Tradicionalmente, los brujos eran ancianos a los que se respetaba y a los que se pedían hechizos para sanar a algún familiar o para no perder la cosecha.

"Yo no soy bruja". La afirmación podría parecer sacada de un libro de la Edad Media, pero es real y pertenece a Georgette, una niña de Togo, a la que su madrastra obligó a meter sus manos en agua hirviendo para comprobar si era bruja. "Si no pasaba nada es que era bruja, pero pasó y mis manos están marcadas de por vida", se lamenta la joven.

Como ella, cientos de niños son acusados de brujería en el África subsahariana, una cifra que, lejos de disminuir, va en aumento. Tan sólo en 2013, en la región de Kara, situada en el país africano de Togo, casi 1.000 niños y niñas fueron acusados de brujería.
De hecho, con la llegada del ébola muchos menores están siendo señalados como brujos porque sus padres han muerto a causa del virus, que es percibido en algunas zonas como una maldición y no como una enfermedad.
Ante esta situación, los misioneros salesianos han elaborado un informe realizado por Patricia Rodríguez, directora de proyectos, y han lanzado la campaña 'Yo no soy bruja' para concienciar a la sociedad, a los gobiernos y a la comunidad internacional sobre este problema y para que los agresores no queden impunes.

De los ancianos a los niños

Aunque en un principio se solía tildar de hechiceros a los ancianos, las denuncias se fueron extendiendo con el tiempo a las mujeres y, en los últimos años, a los niños, el eslabón más vulnerable de la sociedad: huérfanos que viven con otros familiares y suponen una carga; hijos de padres viudos que se vuelven a casar o niños enfermos o con alguna discapacidad.

"La cultura de la brujería está muy arraigada porque son muy espiritualistas. La pobreza genera enfermedad y la enfermedad genera muerte. A más pobreza, más enfermedades y más muertes y más búsqueda de culpables. Si pasa algo malo en la familia, culpan al niño que no es normal, al diferente. En ocasiones, son los más inteligentes, los primeros de la escuela, pero la gente piensa: 'este niño progresa y los míos, no' y, entonces le culpan a él", asegura José Luis de la Fuente, misionero salesiano y director del hogar Don Bosco en la región de Kara.

En África existen creencias ancestrales en las que la magia y la brujería tienen un papel relevante. Según estas convicciones, hay un mundo visible en el que vivimos y otro invisible en el que habitan los espíritus con los que los brujos y chamanes pueden interactuar. Estas tradiciones no se circunscriben sólo a la clase más pobre o analfabeta, sino que son generales para toda la población, con independencia de su nivel económico o social.

Tradicionalmente, los brujos eran ancianos a los que se respetaba y a los que se pedían hechizos para sanar a algún familiar o para no perder la cosecha.


ANA DEL BARRIO