

El termómetro marca 37 grados en este barrio
tradicionalmente violento de Nova Iguacú. Las amigas de Fátima Miranda beben
cerveza helada en la calle y hablan compulsivamente del serial killer
y de una mujer, igualmente detenida, que también había sido amiga de la
fallecida. El pasado miércoles, de madrugada, Sailson apuñaló a Doña Fátima,
de 62 años, en su casa de la calle Eduardo Pacheco, a 50 metros del bar donde
solía sentarse a beber.

Saben, como la policía, que el asesino ejecutó a
cuatro personas en el barrio: uno en una peluquería, los demás en su propia
casa. Pero el resto de la carnicería es, por ahora, confesión de Saílson. Usaba
guantes, tenía únicamente miedo a las cámaras digitales y era muy “calculador”.
Antes de cumplir su cometido “observaba mucho a la víctima, la estudiaba…
Esperaba un mes, a veces una semana, dependiendo del lugar”.
De sus 42 víctimas, sólo 3 son hombres: habría eliminado a 38 mujeres y un niño
de dos años (su único motivo de arrepentimiento), al que “debió ejecutar”
porque su llanto amenazaba con alertar a los vecinos mientras terminaba con su
madre.
Mujeres, adolescentes y niños se arremolinan en
las calles sin asfaltar de Jardim Corumbá y completan el retrato de lo que no
dijo el psicópata en su famosa entrevista con TV Globo. No contó que le gustaba
demasiado la cocaína, ni que compartía a su novia (Cleusa, la amiga de Doña
Fátima, de 42 años, inspiradora de muchos de los crímenes) con su amigo
José Messias, de 52 años, también detenido, apodado ‘Baixinho’ y ‘Cabeza de
Huevo’ en el barrio. “Vivían en un triángulo”, aseguran las vecinas a pocos
metros de la mesa del bar. “En esa casa pasaban cosas muy raras, créame…
Saílson nunca te miraba a la cara, miraba siempre de reojo, se pasaban las
noches en vela, sin hacer ruido, observando”.

La destartalada vivienda que compartía el trío
criminal estaba a pocas cuadras del bar y de la casa de Fátima Miranda. Cuando
llegó la policía, el miércoles al mediodía, Saílson y Cleusa estaban preparando
las maletas rápidamente. Empezaba a aproximarse gente por las calles, desde
abajo y desde arriba de la cuesta, al grito de “¡Asesinos…! ¡Linchamiento!” Los
agentes que cuidaban por fuera la puerta de chapa, junto a un coche abandonado
y cubierto por varias mantas, les pararon en seco: “Esto tenían que haberlo
hecho antes de que llegásemos nosotros… Una vez aquí, ya no podemos
permitirlo”.

El comisario jefe de Homicidios de la Baixada Fluminense, Pedro
Henrique Medina, no encuentra todavía contradicciones en el
relato de Saílson. Lo califica de “asesino profesional” y de “psicópata”.
Tampoco su familia confía en que se trate de una enajenación transitoria:
sabían (o sospechaban) que el joven se había convertido en un asesino a sueldo.
“Por desgracia, estamos seguros de que está diciendo la verdad’, dijo su tía
Denise al diario O Globo.Le habían visto volver a casa alguna
madrugada con las manos sucias de sangre, pero no podían decir nada. “Estábamos
amenazadas”. La madre de Saílson es una feligresa de la iglesia pentecostal
Assembléias de Deus. Ha vivido los últimos años mudándose con frecuencia,
avergonzada por los robos de su hijo, y se va a marchar de nuevo, temerosa de
represalias.
Tan profundo es el estupor por la aparición de un
asesino en serie en el barrio que pocos habitantes de Jardim Corumbá se
preguntan aún por el papel en el que quedaría la policía si se confirmasen las
42 muertes. Todos, incluso los niños, comentan lo que dijo Saílson en la
televisión sobre su intención de volver a matar cuando salga de la cárcel.
Reaccionan con incredulidad a la explicación sobre los límites a las condenas
de reclusión en el Derecho Penal brasileño (un máximo de 30 años, aunque la
pena sea de cientos de años). “Ya le matará algún traficante en prisión”,
vaticina un señor mayor que bebe cerveza en la mesa del bar. Andressa, desde la
calle, asiente. “No es un loco. Es malo”.
Pedro
Cifuentes
http://internacional.elpais.com/internacional/2014/12/14/actualidad/1418590712_448000.html
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